Una chiquilla

a la que nunca

le sucede nada

 

 

 

 

 

Kirill Bulychev

 

Ilustraciones de Evgeni Tihonovich Migunov

Traducido del ruso por F. Petrov en Viaje por tres mundos, cuentos de ciencia ficción soviética, Editorial MIR, 1969. Las ilustraciones de la edición en inglés, The girl nothing happens to, Mir Publishers, 1973

 

Kirill Bulychev nació en el año 1934. Es orientalista. Se especializa en la historia de Birmania. Autor de algunos libros científicos y de divulgación científica, así como de libros para los niños. En el año 1965 empezaron a publicarse sus primeros cuentos de ciencia-ficción.

 

Cuentos de la vida y milagros de una chiquitina del siglo XXI, dictados por su papá


 

 

A manera de prólogo

Mañana Alicia irá a la escuela. Ni duda cabe que será un día de lo más interesante. Ya desde hoy en la mañana, sus amigos y conocidos continuamente la llaman por videófono para felicitarla. A decir verdad, la propia Alicia hace tres meses que no deja en paz a nadie, a todo mundo le platica de su futura escuela.

Bus, el marciano, le envió un plumero tan extraño que hasta ahora nadie ha podido ponerlo en servicio. Ni yo, ni mis colegas, hemos podido, a pesar de que entre ellos se cuentan dos doctores en ciencias y el mecánico en jefe del parque zoológico.

El shusha, animalito del que después hablaremos, ha dicho que irá a la escuela junto con Alicia para ver que tan cierto es que su profesora es una pedagoga muy experimentada.

¡Qué alborozo! Para mí que cuando fui por primera vez a la escuela, nadie armó tanto ruido.

Ahora el alboroto se ha calmado un poco. Alicia se ha ido al zoológico para despedirse de Brontia, otro personaje que más tarde conoceremos. Ahora que hay tranquilidad en casa, dictaré algunas historias de la vida de Alicia y de sus amigos. Luego enviaré esas notas a su maestra. Le será de provecho saber que va a tratar con una persona carente en lo absoluto de seriedad. Puede ser que las notas la ayuden a impartir una buena educación a mi hija.

En un principio, hasta los tres años, Alicia era como todos los niños. Así lo confirmará la primera de las historias que voy a relatarles; pero luego, pasado un año, al encontrarse con Brontia, se reveló en su carácter la habilidad de hacer las cosas en la forma más inadecuada, desaparecer en el momento más inoportuno e, incluso, hacer por casualidad descubrimientos que están más allá de las fuerzas de los más ilustres científicos contemporáneos. Alicia es tan lista que sabe sacar provecho de toda actitud benevolente que se le dispense; lo que no obsta para que tenga muchísimos y muy fieles amigos. En cuanto a nosotros, sus sufridos padres, no es rara la ocasión que encontramos difícil su trato. No estamos en posibilidades de permanecer sentados todo el tiempo en casa; yo trabajo en el zoológico y mamá construye edificios que, además y por lo regular, se encuentran en otros planetas.

Quiero también prevenir de antemano a la maestra de Alicia, en anticipo de que la desconcierten los modos y maneras de mi hija. A las pruebas me remito, tales son, en efecto, las historias presentes, completamente verídicas, sobre las cosas que durante los últimos tres años le han ocurrido a nuestra niña Alicia en diferentes lugares de la Tierra y del Cosmos.

 

Yo marqué el número al azar

Alicia no duerme, ya son las diez de la noche.

—Alicia, duérmete en seguida, porque si no...

—¿Qué quieres decir con el «porque si no», papito?

—Porque si no, llamaré por el videófono a Baba—Yaga.

—¿Quién es esa Baba—Yaga?

—Vaya, todos los niños tienen que saberlo. Baba—Yaga, pata de hueso, es una bruja pirulí que se come a los niños desobedientes.

—¿Y por qué?

—Pues, por ser mala y estar hambrienta.

—¿Y por qué está hambrienta?

—Porque a su casita no llegan distribuidores de víveres.

—¿Y por qué no llegan?

—Porque su casita es muy, pero muy vieja, y se encuentra lejos de aquí, en un bosque.

Alicia estaba tan interesada que se sentó en la cama.

—¿Trabaja en un bosque vedado?

—¡Alicia, duérmete en seguida!

—Pero me prometiste llamar a Baba—Yaga. ¡Papito, por favor, llama a Baba—Yaga!

—La llamaré, pero lo lamentarás.

Me acerqué al videófono y oprimí, algunos botones. Estaba seguro de que no se establecería la comunicación y que Baba—Yaga «no llegaría a su casa»; pero me equivoqué. La pantalla del videófono se iluminó, se encendió vivamente, sonó un clic (alguien oprimió el botón de recepción en el otro extremo de la línea) y una voz somnolienta se dejó oír antes de que imagen alguna apareciera en la pantalla.

—La Embajada de Marte al videófono.

—Bueno papito, ¿vendrá ella? —inquirió Alicia en voz alta desde el dormitorio.

—Ya está durmiendo —contesté con enfado.

—La Embajada de Marte al aparato —repitió la voz.

Me volví hacia el videófono. Un joven marciano me estaba mirando. Tenía los ojos verdes y sin pestañas.

—Perdóneme —le dije—, parece que me equivoqué.

El marciano se sonrió. No me miraba a mí, sino a alguien que estaba detrás de mí. Naturalmente era Alicia que había saltado de la cama y se encontraba ahora pisando el suelo, descalza.

—Buenas noches —le dijo al marciano.

—Buenas noches, niña.

—¿Baba—Yaga vive en su casa?

—Sabe Ud. —dije—Alicia no puede dormirse y he querido llamar por el videófono a Baba—Yaga para que ésta la castigue. Pero me he equivocado al marcar el número.

El marciano se sonrió de nuevo.

—Buenas noches, Alicia —dijo él—, hay que dormir, de otro modo tu papá llamará a Baba—Yaga.

El marciano se despidió de mí y desconectó.

—Y ahora, ¿vas a dormir? —le pregunté—. ¿Has oído lo que acaba de decir este marciano?

—Me voy. ¿Vas a llevarme contigo a Marte?

—Sí, si es que te portas bien, en el verano volaremos para allá.

Por fin, Alicia se durmió y volví a mi trabajo. Ya era la una de la madrugada cuando empezó a sonar apagadamente el videófono. Oprimí el botón. Me estaba mirando el marciano de la Embajada.

 

 

—Perdóneme, hágame el favor, por molestarle tan tarde —me dijo—. Pero su videófono no estaba desconectado, cosa que me hizo suponer que Ud. aún no dormía.

—¿En qué le puedo ser útil?

—¿Podría Ud. ayudarnos? —preguntó el marciano—. Ningún miembro de la Embajada duerme todavía, han rebuscado por todas las enciclopedias, han escudriñado guías de videófonos, pero no han podido localizar el lugar donde vive Baba—Yaga y, para colmo de males, no sabemos ni siquiera quién es.

 

Brontia

A nuestro parque zoológico trajeron un huevo de brontosaurio. Lo encontraron unos turistas chilenos en un deslizamiento del suelo en las riberas del río Yeniséi. El huevo era casi redondo y se conservó muy bien en los hielos perpetuos. Los especialistas, al empezar a estudiar el huevo, lo encontraron completamente fresco, por lo que decidieron colocarlo en la incubadora del zoológico.

Claro que no eran muchas las personas que tenían fe en el éxito del experimento; pero, una semana después, las radiografías mostraron que el embrión del brontosaurio empezaba a desarrollarse. Tan pronto lo anunciaron por la intertelevisión empezaron a llegar a Moscú científicos y corresponsales de todos los países. Tuvimos que reservarles todo el hotel «Venus» de ochenta pisos, situado en la calle Gorki; pero como éste era incapaz de alojarlos a todos, en mi comedor dormían ocho paleontólogos de Turquía, en tanto que un periodista ecuatoriano y yo habitábamos la 55cocina y dos corresponsales de la revista «Mujeres de Antártida» se alojaban en el dormitorio de Alicia. Cuando mamá llamó por el videófono desde Nukus, sitio donde estaba construyendo un estadio, creyó que se había equivocado de número.

Todos los satélites de televisión mostraron en sus transmisiones el huevo en distintas posiciones: de frente y costado, por arriba y por abajo, al revés y al derecho y en otras para las que no encuentro nombre.

El congreso de cosmofilólogos en pleno llegó al zoológico para ver el huevo; pero ya para ese entonces impedíamos la entrada a la incubadora, por lo que hubieron de conformarse con ver a los osos blancos y a los mántidos de Marte.

Al cuadragésimosexto día de una vida de locura, el huevo se estremeció. En aquel preciso momento el profesor Yakata y yo estábamos sentados al lado de la campana, debajo de la cual se encontraba el huevo, tomando té. Ya habíamos dejado de creer en que algo iba a salir del huevo. No hicimos más radiografías para no perjudicar al «nene». No nos atrevíamos a formular pronósticos, pues nadie antes había tratado de criar brontosaurios.

He aquí que el huevo se estremeció, crujió una vez más y, a través de la gruesa cáscara semejante a una piel, empezó a salir una cabeza negra parecida a la de una serpiente. Se pusieron en marcha las cámaras automáticas de cine. Supuse que se encendería sobre la puerta de la incubadora la luz roja. En el territorio del zoológico se inició algo parecido al pánico.

 

 

Transcurridos cinco minutos, en torno de nosotros se encontraron todos los que debían estar aquí y también algunas personas cuya presencia no era obligatoria, pero que, sin embargo, eran muy curiosas. Un calor sofocante reinaba en el ambiente.

Por fin salió del huevo un pequeño brontosaurio.

—¿Papá, cómo se llama? —inquirió la conocida voz.

—¡Alicia! —exclamé asombrado—. ¿De qué modo entraste aquí?

—¿Yo? Con los corresponsales.

—Pero a los niños no se les permite estar aquí.

—A mí sí que me lo permiten. Le he dicho a todo el mundo que soy tu hija. Y me han dejado entrar.

—¿Es que acaso no sabes que no se debe hacer uso de las amistades para fines particulares?

—Pero papito, el pequeño Brontia estará aburrido, porque no ve niños. Tal es la razón de que me haya atrevido avenir.

Mi mano se desplomó en señal de abatimiento; el caso es que no tenía ni un solo minuto libre para sacar a Alicia de la incubadora, y no había nadie quien pudiera hacerme ese favor.

—Tienes que quedarte aquí y no debes salir a ninguna parte —le dije, y corrí a la campana con el brontosaurio recién nacido.

No le hablamos a Alicia durante toda la tarde. La reñimos. Le prohibí entrar en la incubadora, pero me objetó que no podía obedecerme, porque Brontia le daba lástima. Otro día, de nuevo entró a la incubadora. La trajeron consigo los cosmonautas de la nave «Jupiter—8». Los cosmonautas eran héroes y nadie podía negarles la entrada.

—Buenos días, Brontia —dijo Alicia acercándose a la campana.

El brontosaurio la miró de soslayo.

—¿Quiénes son los padres de esta niña? —preguntó severamente el profesor Yacata.

Yo quería que la tierra me tragase; pero Alicia que no tiene pelos en la lengua; lo retó:

—¿Conque no le gusto a Ud.? —le preguntó.

—Al contrario... Claro que sí. La cosa es que pensé que Ud. se había perdido... —el profesor desconocía en lo absoluto el arte de conversar con niñas pequeñas.

—Bueno, Brontia —dijo Alicia—, te visitaré mañana. ¡No te pongas triste!

Y en verdad al otro día vino a visitarlo de nuevo. Y venía casi todos los días. El personal del zoológico se había familiarizado con ella y la dejaba pasar sin chistar. No tuve más remedio que lavarme las manos, pues como nuestra casa estaba ubicada cerca del zoológico y no había que cruzar la calle y además Alicia siempre encontraba a alguien que la acompañara.

El brontosaurio crecía a ojos vistas. Al mes tenía dos metros y medio de largo, fecha en que lo trasladaron a un pabellón que se le construyó especialmente. El brontosaurio andaba por una franja de tierra cercada y masticaba raíces de bambú y plátanos. El bambú lo traían de la India en cohetes de carga y los plátanos nos los suministraba el sovjós «Campos de Regadío». En el centro del corral había una piscina con agua tibia y un poco salada. Esta agua era del gusto del brontosaurio.

De repente, el animalito perdió el apetito. El bambú y los plátanos que constituían el alimento de tres días se quedaron intactos. Al cuarto día, el brontosaurio se acostó en el piso de la piscina y puso su pequeña cabeza negra sobre el borde de plástico. Según todos los síntomas se preparaba a morir. No podíamos permitirlo, era el único brontosaurio que teníamos. Los mejores médicos del mundo nos ayudaron; pero todo era en vano. Brontia se negaba a alimentarse de hierbas, vitaminas, naranjas, leche, nada apetecía.

Alicia ignoraba esta tragedia, pues la había enviado a Vnúkovo a vivir con su abuela. Al cuarto día, Alicia conectó el televisor en el momento en que transmitían la noticia del empeoramiento de la salud del brontosaurio. Desconozco cómo supo convencer a la abuela, pero por la mañana del día siguiente Alicia entró corriendo en el pabellón.

—¡Papito! —gritó—¿Por qué no me lo quisiste decir? ¿Por qué?

—Más tarde, Alicia, más tarde —contesté—, estamos en una reunión.

Realmente tuvimos una reunión que prácticamente se prolongó los últimos tres días sin interrupciones. Alicia no dijo nada y se alejó. Pasó un minuto y oí que alguien lanzaba ayes. Me volví y ví que Alicia había pasado por encima de la barrera y, deslizándose por el corral, llegaba corriendo al hocico del brontosaurio. En sus manos llevaba un panecillo.

—¡Come Brontia! —rogó—si no, aquí te matarán de hambre. Los plátanos pueden fastidiar a cualquier persona.

Antes de que yo pudiera llegar a la barrera, pasó algo inverosímil que, a la vez que hizo famosa a Alicia, dio al traste con nuestra reputación de biólogos.

 

 

El brontosaurio levantó la cabeza y mirando a Alicia tomó cuidadosamente el panecillo de sus manos.

—Cuidado, papito —me amenazó con el dedo, al ver que yo pretendía pasar la barrera—. Brontia te tiene miedo.

—No le hará daño a la niña —afirmó el profesor Yacata.

Yo mismo comprendí que no le iba a hacer daño. ¡Pero, si la abuela viera este espectáculo!

Luego los científicos discutieron largo tiempo.

Todavía ahora se encuentran discutiendo. Algunos decían que Brontia necesitaba un cambio de comida, otros aseguraban que le tenía confianza a Alicia. Por sí o por no, pero la crisis pasó.

En aquel momento Brontia se domesticó por completo y ya tenía cerca de treinta metros de largo. Le causaba un gran placer llevar a Alicia en su lomo. Uno de mis asistentes construyó una escalera doble especial y cuando Alicia entraba en el pabellón, Brontia alargaba su largo cuello y con sus dientes triangulares tomaba la escalera doble que se encontraba en un rincón, colocándola muy ágilmente al lado de su brillante costado negro.

Luego llevaba a Alicia por el pabellón o nadaban juntos en la piscina.

 

 

Los tutexas

Tal como le había prometido a Alicia, la llevé conmigo cuando fui a Marte para participar en una conferencia.

Llegamos felizmente. En realidad, como no soporto muy bien la imponderabilidad, prefería no levantarme del sillón, pero mi hija revoloteaba todo el tiempo por la nave; una vez tuve que hacerla bajar del techo de la cabina de mando, pues quiso oprimir un botón rojo, nada menos que el botón del freno de emergencia; sin embargo, los pilotos no se enfadaron mucho con ella.

En Marte visitamos la ciudad, fuimos con unos turistas al desierto, vimos las Cuevas Gigantescas. Después, ya no tuve tiempo para atender a Alicia, y la mandé por una semana a un internado. En Marte trabajaban muchos especialistas nuestros y los marcianos nos ayudaban a construir la inmensa campana de una ciudad infantil. En esta ciudad uno se siente bien, crecen árboles terrestres naturales. A veces los niños hacen excursiones. En este último caso se ponen escafandras pequeñas y salen en filas a las calles de Marte.

Tatiana Petrovna, así se llamaba la educadora, afirmó que no debía preocuparme por Alicia.. También Alicia me dijo que podía irme tranquilo. y nos despedimos por una semana.

Al tercer día Alicia desapareció del internado.

Era un acontecimiento completamente excepcional, ya. que durante toda la existencia del internado, nadie se había ausentado por más de diez minutos. En Marte, particularmente en las ciudades, es imposible perderse y mucho menos en el caso de un niño terrestre que lleva puesta escafandra. El primer marciano que lo encontrase lo llevaría a la ciudad infantil. ¿Y los robots? ¿Y el servicio de seguridad? ¡No!, en Marte es imposible desaparecer; pero Alicia desapareció.

Habían pasado ya casi dos horas de su desaparición cuando me llamaron a la conferencia y me trasladaron en un todoterreno—saltador marciano al internado. Por lo visto he de haber tenido un aspecto lastimoso, porque cuando aparecí en la campana los presentes callaron apesadumbrados. ¡Quién no estaba allí! Se reunieron todos los profesores y robots del internado, diez marcianos con sus escafandras puestas (ellos tienen que ponerse las escafandras al entrar en la campana), pilotos estelares, el jefe del rescate, arqueólogos, y quién sabe cuantas personas más.

Las estaciones de televisión, pasada una hora seguían transmitiendo, cada tres minutos, la noticia de que había desaparecido una niña de la Tierra. En todos los videófonos de Marte aparecía la señal de alarma. Se suspendieron las clases en las escuelas marcianas, y los alumnos, tras repartirse en grupos, se dedicaron a la búsqueda de Alicia por la ciudad y sus alrededores.

La desaparición de Alicia fue notada apenas su grupo regresó del paseo. Desde aquel momento habían pasado dos horas. En su escafandra sólo había oxígeno para tres horas.

Conociendo bien a mi hija pregunté si habían revisado todos los escondites del internado y de sus alrededores; podía ser que se hubiera encontrado un mántido marciano y estuviera observándolo.

Me contestaron que en la ciudad no había sótanos y que los alumnos y estudiantes de la universidad de Marte habían revisado todos los escondites, pues los conocían muy bien.

Me enfadé con Alicia. Sin duda ella iba a salir muy pronto de algún rincón con un aspecto inocentísimo; pero su comportamiento le causaba a la ciudad más daños que una tormenta de arena. Todos los marcianos y los llegados de la Tierra que vivían en la ciudad suspendieron sus trabajos; además, todo el servicio de rescate se encontraba en estado de alerta. A pesar de todo eso, la inquietud se apoderaba más y más de mí. Su aventura podía tener un mal desenlace.

Todo el tiempo llegaban noticias de los grupos de salvamento. «Los alumnos del segundo gimnasio marciano revisaron el estadio. Alicia no estaba». «La Fábrica de dulces marcianos informa que la niña no se encuentra en su territorio...»

«¿Puede ser que se haya aventurado a salir al desierto?» —pensé—. Si hubiera estado en la ciudad, ya la hubieren encontrado. Pero el desierto... los desiertos marcianos no han sido bien estudiados todavía. Allá, si uno extravía el camino, puede significar la perdición; pero las regiones del desierto próximas ya habían sido exploradas e investigadas con vehículos todoterreno—saltadores».

—¡La han encontrado! —gritó de repente un marciano vestido con una túnica azul que estaba mirando un televisor de bolsillo.

—¿Dónde? ¿De qué modo? ¿Dónde? —empezaron a preguntar agitados todos los reunidos debajo de la campana.

—En el desierto. A doscientos kilómetros de aquí.

—¿A doscientos?

«Realmente —pensé—no conocen a Alicia. De ella se puede esperar todo».

—La niña se siente bien y pronto estará aquí.

—¿De qué modo pudo llegar allá?

—En un cohete de correo.

—Ahora está claro —dijo Tatiana Petrovna—y se puso a llorar.

Era de todos la que más nerviosa se encontraba. Todo el mundo se dio a consolarla. La pobre Tatiana decía:

—Pasamos por el Correo Central. Allí estaban cargando cohetes automotrices del servicio postal. No les presté atención alguna, pues como los podía ver cien veces al día.

A los diez minutos, un piloto marciano trajo a Alicia y todo quedó en claro.

—Entré a buscar una carta —dijo Alicia.

—¿Qué carta?

—Papi, tú dijiste que mamá nos escribiría una carta, por eso entré en el cohete a buscar la carta.

—¿Entraste en el cohete?

—Claro que sí. La puerta estaba abierta y había muchas cartas.

—¿Qué hiciste después?

—Tan pronto entré, la puerta se cerró, y el cohete emprendió el vuelo. Empecé a buscar un botón para pararlo. Había muchos botones, al oprimir el último, el cohete comenzó a descender; luego se abrió la puerta. Salí, alrededor había sólo arena, pero Tatiana Petrovna no estaba, ni tampoco los niños.

—¡La niña oprimió el botón de descenso de emergencia! —dijo admirado el marciano de la túnica azul.

—Lloré un poquito; luego me decidí a ir a casa.

—¿Cómo adivinaste la dirección adónde había que ir?

—Subí a una loma, para ver desde allí. En la loma había una puerta, la abrí, entré en una habitación y me senté.

—¿Qué puerta? —preguntó asombrado el marciano—. En aquella región, aparte del desierto, no hay nada.

—No, sí había una puerta y una habitación. En la habitación se encuentra una piedra parecida a las pirámides de Egipto, pero muy pequeña. ¿Te acuerdas, papito, cuando me leías un libro acerca de las pirámides de Egipto?

Las palabras de Alicia produjeron un entusiasmo súbito entre los marcianos y en el propio jefe del servicio de rescate, persona que respondía al nombre de Nasarián.

—¡Tutexas! —gritaron.

—¿Dónde encontraron a la niña? ¿Qué coordenadas tiene el sitio?

Respondidas estas interrogantes, la mitad de los presentes se esfumó. Tatiana Petrovna, al tiempo que se puso a dar de comer a Alicia, me relató que muchos millares de años atrás en Marte había una civilización misteriosa de tutexas, de la que solamente sobrevivieron algunas pirámides de piedra. Hasta ahora ni los arqueólogos marcianos, ni los llegados de la Tierra habían podido encontrar construcción alguna de los tutexas, aparte de una que otra pirámide en el desierto, generalmente cubierta de arena. He aquí que Alicia había tropezado por casualidad con una construcción de los tutexas.

—Ves, de nuevo has tenido suerte —dije—, pero de todos modos te llevaré inmediatamente a casa. Allí podrás perderte cuanto quieras y sin escafandra.

—A mí también me gusta más perderme en casa —dijo Alicia.

...Pasados dos meses de estos sucesos leí en la revista «Alrededor del Mundo» un artículo con el título de «¿Quiénes Fueron los tutexas?» En este último se daba cuenta de que en el desierto marciano al fin se habían logrado descubrir valiosos monumentos de la cultura tutexiana. Actualmente los científicos se ocupan de descifrar la escritura encontrada en el lugar. Sin embargo, lo más interesante es que en una pirámide se halló la imagen de un tutexiano, admirablemente conservada. En el cuerpo del artículo estaba impresa la fotografía de una pequeña pirámide con la imagen de un tutexiano.

La imagen me pareció conocida. En seguida me sobrecogió una terrible sospecha.

—Alicia —dije en tono muy severo—, dime sinceramente, ¿dibujaste tú algo en la pirámide cuando te perdiste en el desierto?

Antes de contestar Alicia se me acercó y miró atentamente la figura en la revista.

—Correcto. Este eres tú, papito. Sólo que no te dibujé, nada más te bosquejé con una piedrecita. Estaba yo tan aburrida.

 

El shusha tímido

Alicia tiene muchos animalitos conocidos: dos gatitos, un saltamontes marciano que vive debajo de su cama y por las noches imita sonidos de balalaika, un erizo que vivió muy poco aquí y luego se fue de nuevo al bosque, Brontia el brontosaurio, al que Alicia visita en el parque zoológico y, para terminar, Rexs, un perro pachón enano, al parecer de raza no muy fina.

Cuando regresó la primera expedición de Sirio, Alicia se hizo de un animalito más.

Alicia y Poroshkov se conocieron en la manifestación del Primero de Mayo. No sé cómo se las arregló. Alicia tiene muchas amistades. De una u otra manera se encontró, entre los niños que habían llevado flores a los cosmonautas. Imagínense mi sorpresa, cuando veo por televisión que Alicia corre por la plaza con un ramo de rosas celestes, más grandes que ella misma, y lo entrega al propio Poroshkov.

Poroshkov la tomó en los brazos, vieron la manifestación y se retiraron juntos.

Alicia volvió a casa en la tarde con una gran bolsa roja en las manos.

—¿En dónde estuviste?

—La mayor parte del tiempo la pasé en el jardín de niños —contestó.

—¿Y la menor parte, en dónde?

—A nosotros nos llevaron a la Plaza Roja.

—¿Y luego?

Alicia comprendió que la había visto en la televisión y dijo:

—Después me pidieron que felicitara a los cosmonautas.

—¿Quién te pidió tal cosa?

—Un camarada, tú no lo conoces.

—Alicia, ¿no te has encontrado con el término «castigo corporal»?

—Ah, ya sé. Así se dice cuando nos pegan; pero creo que eso tan sólo sucede en los cuentos.

—Temo que el cuento tenga que hacerse realidad. ¿Por qué te metes en donde no debes?

Alicia pareció enojarse conmigo; pero, de pronto, en su bolsa roja algo se movió.

—¿Y eso qué es?

—Es un regalo de Poroshkov.

—¡Has pedido un regalo para ti! ¡Nada más esto me faltaba!

—No he pedido nada. Es un shusha de los que Poroshkov trajo de Sirio. Es un pequeño shusha, puede decirse que es un shushito.

Y Alicia sacó cuidadosamente de la bolsa un diminuto animalito de seis patas, parecido a un cangurito. El animalito tenía grandes ojos de libélula, los movía velozmente a la vez que se asía muy fuertemente con sus patitas delanteras del vestido de Alicia.

—Ves, ya me quiere —dijo Alicia—. Le haré la cama.

Al igual que todo el mudo, ya conocía la historia de los shushas. En particular los biólogos la conocíamos mejor que nadie. Teníamos en el zoológico cinco shushas y de un día a otro esperábamos un aumento en la familia.

Poroshkov y Bauer descubrieron a los shushas en uno de los planetas del sistema de Sirio. Estos graciosos e inofensivos animalitos, que no se apartaban ni un paso de los cosmonautas, resultaron ser mamíferos, pese a que por sus hábitos recordaban más bien a nuestros pingüinos. Tenían su misma curiosidad tranquila y emprendían las mismas eternas tentativas de llegar a los lugares más inaccesibles. Una vez Bauer tuvo que salvar un shusha que se disponía a hundirse en una gran lata de leche condensada. La expedición trajo una película cinematográfica de los shushas que tuvo un gran éxito en las pantallas de cines y videófonos. Por desgracia, la expedición no tuvo tiempo para estudiarlos debidamente. Se sabía que los shushas venían al campamento de la expedición por la mañana y que desaparecían, al caer las primeras sombras, por alguna parte entre las rocas.

Sea como fuere, de una manera u otra, pero al regresar la expedición a la Tierra, Poroshkov descubrió en uno de los compartimentos tres shushas que probablemente se habían perdido en la nave. Cierto es que Poroshkov pensó al principio que los shushas habían sido traídos sin permiso por algún miembro de la expedición; pero al expresar este pensamiento, la indignación de sus camaradas fue tan viva que Poroshkov hubo de poner punto final a sus sospechas.

La aparición de los shushas trajo consigo una serie de problemas adicionales. En primer lugar, podían ser fuente de infecciones desconocidas. En segundo lugar, podían morirse durante el viaje, quizás no resistirían las sobrecargas. En tercer lugar, nadie sabía cómo podía alimentárseles, etc., etc..

A fin de cuentas los temores resultaron infundados. Los shushas sobrellevaron perfectamente la desinfección, se alimentaban dócilmente con caldo y frutas en conserva. Esta su última predilección les ganó un enemigo a muerte en la persona de Bauer, pues amaba la compota y en los últimos meses de la expedición tuvo que renunciar a su parte en obsequio de los polizones.

Durante el largo viaje una shusha tuvo seis shushitas. Así que la nave llegó a la Tierra llena de shushas y shushitas. Resultaron ser animalitos conscientes y no ocasionaron disgustos o incomodidades a nadie, si exceptuamos a Bauer.

Recuerdo el momento histórico del arribo de la nave a la Tierra, cuando ante las cámaras cinematográficas y de televisión se abrió la escotilla y, en lugar de los cosmonautas, apareció un sorprendente animal hexápedo. Tras éste bajaron algunos más, sólo que más pequeños. Todos los espectadores perdieron el aliento del asombro, pero luego se tranquilizaron al ver que de la nave salía sonriente Poroshkov. Este último llevaba en las manos un shusha, bañado en leche condensada.

Una parte de los animalitos se envió al zoológico, otros se quedaron con los cosmonautas. El shusha de Poroshkov cayó al fin de cuentas en manos de Alicia. ¿Se sabrá algún día cómo fue que cautivó al severo cosmonauta?

El shusha vivía en una gran cesta de la cama de Alicia, no comía carne, de noche dormía, era amigo de los gatitos, temía al saltamontes y, cuando Alicia le miraba o narraba sus éxitos o sus fracasos, ronroneaba suavemente.

 

 

El shusha creció muy rápido y a los dos meses se puso del tamaño de Alicia. Iban a pasear al parquecito de enfrente y Alicia nunca le ponía collar.

—¿No irá a asustar a alguien? —preguntaba yo.

—No, no asusta a nadie. Y, además, se resentiría si le pongo collar. Es tan sensible.

Una noche Alicia no se dormía, se puso caprichosa y me pedía que le leyera algo sobre el doctor Ahímeduele.

—No tengo tiempo, hijita —dije—. Debo terminar un trabajo urgente. A propósito, ya es tiempo que tú sola leas los libros.

—Pero no es un libro, es un microfilm y tiene letras muy pequeñas.

—Bueno, pero es sonoro. Si no quieres leer, conecta el sonido.

—Tengo demasiado frío como para levantarme.

—Entonces, espera. Terminaré de escribir y luego lo prendo.

—Si tú no quieres hacerlo voy a pedírselo al shusha.

—Bueno, pídeselo —le dije.

Un instante después escuché en la habitación la suave voz del microfilm:

«... y aún tenía el doctor Ahímeduele un perro llamado Abba».

Esto significaba que Alicia pese a todo se había levantado y conectado el aparato.

—¡Ahora mismo a la cama! —grité—. Te resfriarás.

—Pero si ya estoy en la cama.

—¡No debes engañarme! ¿Quién entonces ha puesto el microfilm?

—El shusha.

Nunca he querido que mi hija crezca como una mentirosa. Dejé mi trabajo por la paz y me dirigí a su habitación para hablarle muy en serio.

De la pared colgaba una pantalla. El shusha maniobraba el microproyector y en la pantalla se veían unos pobres animalitos que se agrupaban en la puerta del consultorio del buen doctor Ahímeduele.

 

 

—¿Cómo es que conseguiste amaestrarlo tan bien? —pregunté con sincero asombro.

—No lo amaestré. Por su cuenta corre todo lo que sabe.

El shusha, turbado, movía sus patas delanteras. Callábamos todos.

—Y sin embargo... —dije al fin.

—Excúseme —se escuchó una voz alta y ronca; esto lo decía el shusha—. Es que yo en realidad he aprendido. No es difícil.

—Perdóneme —dije.

—Esto no es difícil —repitió el shusha—.  Ud. mismo proyectó anteayer a Alicia el cuento del rey de los saltamontes.

—No, ya no me refiero a eso. ¿Quisiera saber cómo es que ha aprendido a hablar?

—Estudiamos juntos —dijo Alicia.

—No comprendo nada. Decenas de biólogos trabajan con shushas y no se dio el caso de que shusha alguno pronunciara una palabra.

—Pero el nuestro sabe leer. ¿Verdad, que sabes?

—Un poco.

—Me cuenta cosas tan interesantes.

—Somos grandes amigos su hija y yo.

—¿Pero por qué ha callado durante tanto tiempo?

—Por timidez —respondió Alicia por él.

El shusha bajó la vista.

 

El fantasma

El verano lo pasamos en Vnúkovo. Cosa muy cómoda, pues por allí pasa el monocarril y de la estación a nuestra casa de campo son cinco minutos a pie. En el bosque, al otro lado del camino, crecen hongos castaños y hongos con cabecitas rojas, pero en menor número que el de los aficionados a recogerlos.

Llegaba a la casa de campo directamente del zoológico y en vez de descansar caía en la vida efervescente del lugar .La causa de esto era Kolia, mi vecinito, un niño conocido en todo Vnúkovo por sus «hazañas» consistentes en quitar juguetes a los otros niños. Para estudiarlo vino una vez un psicólogo de Leningrado, el mismo que luego escribió una tesis sobre el niño Kolia. El psicólogo estudiaba a Kolia, mientras éste comía dulces y se quejaba días enteros. Para ver si se tranquilizaba le traje de la ciudad un cohete de fotones de tres ruedas.

Además, allí vivían la abuela de Kolia a la que le gustaba hablar de genética e incluso escribía una novela sobre Mendel, la abuela de Alicia, el niño Yura y su mamá Karma, tres gemelos de la calle vecina que cantaban en coro bajo mi ventana y, por último, un fantasma.

El fantasma vivía en algún lugar bajo el manzano, sus apariciones no databan de mucho tiempo atrás. Alicia y la abuela de Kolia creían en el fantasma, y nadie más.

Alicia y yo estábamos sentados en la terraza, aguardando que el nuevo robot fabricado por la fábrica de Schiólkovo terminara de cocinar la deliciosa kasha, platillo de la cocina rusa. Los fusibles del robot ya se habían fundido dos veces, motivo por el que Alicia y yo censurábamos a la fábrica; pero como no teníamos ganas de ponernos a cocinar y la abuela que siempre lo hacía fue al teatro, me puse a repararlo.

Alicia dijo:

—Hoy vendrá él.

—¿Quién es él?

—Mi fantasma.

—El fantasma no es él, es «eso» —corregí automáticamente sin quitar los ojos del robot.

—Bueno —dijo ella sin discutir que yo le llamara «eso»—sea pues, «eso». Kolia les quitó las nueces a los gemelos. ¿No es sorprendente?

—Es sorprendente. ¿Pero, qué es lo que has dicho del fantasma?

—Que es bueno.

—Para ti todos son buenos.

—A excepción de Kolia.

—Pero, Kolia aparte... Creo qué si te trajera una víbora que exhala fuego, también trabarías amistad con ella.

—¿Es probable, es buena?

—Hasta ahora nadie ha podido hablar con ella. Vivía en Marte y lanza un veneno hirviente.

—¿Es posible que la ofendieran al sacarla de Marte? —a esta pregunta no pude contestar nada. Era la pura verdad. A la víbora nadie le tomó opinión de si se la llevaban o no de Marte. Por el camino devoró al perro de la nave «Kaluga», can querido de todos los tripulantes. Así se ganó el odio de todos los cosmonautas.

—Bueno —cambié el tema—. ¿Qué pasa con el fantasma, con «eso»? ¿A qué horas se aparece?

—Sólo de noche.

—Oh, es natural. Desde los tiempos más remotos así es. De los cuentos de la abuela de Kolia no se puede esperar otra cosa...

—La abuela de Kolia me cuenta sólo la historia de la genética... Méndel era objeto de tantas persecuciones.

—A propósito, ¿cómo reacciona tu fantasma al canto del gallo?

—De ninguna manera. ¿Por qué?

—Sabes, todo fantasma honrado tan pronto oye el canto del gallo debe desaparecer maldiciendo espantosamente.

—Hoy le preguntaré por los gallos.

—Está bien.

—Hoy voy a acostarme un poco más tarde, me es preciso hablar con el fantasma.

—Bueno, por favor, no sigas, basta de bromas. Ya el robot ha preparado la kasha.

Alicia se sentó a la mesa y se dio a comer la nutritiva kasha, en tanto que yo proseguía el estudio de las notas científicas redactadas en el parque zoológico de Guayana.

Tropecé con un artículo muy interesante que trataba de los ucusumas. Hablaba de una revolución en la zoología, pues nada menos se había logrado la reproducción de los ucusumas en cautiverio. Los retoños al nacer eran de color verde obscuro, no obstante que los caparazones de sus progenitores eran de color azul celeste.

En esto estaba, cuando empezó a obscurecer y Alicia me dijo:

—Bueno, ya me voy.

—¿A dónde vas?

—A visitar al fantasma... recuerda que me lo prometiste.

—Y yo que pensé que bromeabas.

—Pero si para ti es tan necesario salir al jardín, anda pues, sólo ponte una chaqueta ya que hace frío. y no te vayas más allá del manzano.

—¿Para qué ir más lejos? Allí me espera.

Alicia corrió al jardín. Yo la seguía con la mirada. No quería inmiscuirme en su mundo de fantasía. ¡Qué importa que la rodeen fantasmas, hadas, caballeros valientes, gigantes buenos del planeta azul de los cuentos!... Claro es que siempre y cuando se acostara a sus horas y comiera normalmente. Apagué la luz de la terraza pues me impedía vigilar a Alicia. Observé cómo se acercó al manzano viejo y frondoso y se paró bajo sus ramas.

Y he aquí que... del tronco del manzano se desprendió una sombra azul que se encaminó a su encuentro.

La sombra parecía flotar en el aire, sin tocar el césped.

En seguida, al tiempo que yo tomaba algo pesado, bajé por la escalera, saltando los escalones de tres en tres. Lo que sucedía ya no era de mi parecer. O se trataba de una broma de mal gusto, o de no sé que. Si bien no atinaba a saber cuál era el «o» apropiado.

—Ten cuidado papá —susurró Alicia, al escuchar mis pasos—. Lo asustarás.

Tomé a Alicia del brazo. Ante mis ojos se esfumó en el aire una silueta azul.

—Papá, ¿Qué es lo que has hecho? No ves que ya casi lo había salvado.

 

 

Alicia lloraba a gritos, mientras me la llevaba a la terraza. ¿Qué era aquello que había visto a la sombra del manzano?

—¡Por qué has hecho esto! —lloraba con pesar Alicia—. Tú me lo habías prometido...

—Yo no he hecho nada —contesté—. No existen los fantasmas.

—Tú mismo lo has visto. ¿Por qué no dices la verdad? El no soporta el movimiento del aire. ¿Será posible que no comprendas que hay que acercársele despacio para que el viento no lo desorganice?

Yo no sabía que contestar; pero de una cosa estaba convencido, en cuanto Alicia se durmiera, saldría con un farol al jardín y lo registraría palmo a palmo.

—El ha dejado una carta para ti. Sólo que ahora no te la daré.

—¿Qué carta?

—No te la doy.

Me percaté de que arrugaba una hoja de papel que tenía en su mano. Alicia me miró y yo a ella. Luego, no obstante lo pasado, me dio la hoja.

En la hoja, escrito de mi puño y letra, se encontraba el horario de alimentación de los krums rojos. Llevaba tres días buscándola.

—Alicia, ¿en dónde has encontrado mi nota?

—Pero dale la vuelta. El fantasma no tenía papel y le di el tuyo.

En el reverso, con letra desconocida, estaba escrito en inglés:

 

«Respetado profesor»:

Me atrevo dirigirme a Ud. en razón de lo penoso de mi situación. Preciso de la ayuda ajena para salir de ella. Por desagracia me encuentro impedido de ir más allá de un círculo de un metro de radio que tiene por centro al manzano. Sólo es posible ver mi triste estado en la obscuridad. Gracias a la delicada y sensible naturaleza de su hija, he podido al fin lograr comunicación con el mundo exterior.

Soy el Prof. Kuraki, víctima de un experimento malogrado. Inicié experimentos para transmitir la materia a distancia. Pude transmitir dos pavos y un gato de Tokio a París. Mis colegas los recibieron felizmente. Sin embargo, el día en que resolví verificar el experimento conmigo mismo, los fusibles del laboratorio se quemaron justo en el momento del experimento, y la transmisión careció de la energía necesaria. Me difundí en el espacio, y la parte más concentrada de mi organismo se encuentra en el área que ocupa su muy honorable casa de campo.

En tan dolorosa situación me encuentro ya una segunda semana, por lo que sin duda me dan por muerto o desaparecido.

Le ruego, que al recibir mi carta envíe a la brevedad posible un telegrama a Tokio. Así alguien repondrá los fusibles de mi laboratorio y podré materializarme.

Agradezco de antemano la atención que preste a la presente.

Kuraki

 

Miré fijamente a la sombra en el manzano. Descendí de la terraza y me le acerqué. Un tenue fulgor azul pálido que apenas si podía distinguirse. «El fantasma», se mecía en el tronco. Escudriñando atentamente me fue dable percibir la silueta de una persona.

Figuróseme que el fantasma en actitud de imploración extendía sus brazos al cielo.

Sin perder un sólo instante corrí desenfrenadamente al monoriel y, desde la estación, videofoneé a Tokio. La operación en su totalidad me llevó diez minutos. Recordé, ya en mi veloz retorno a casa, que había olvidado acostar a Alicia. Aligeré el paso hasta donde me lo permitieron mis fuerzas.

La luz de la terraza no estaba apagada; Alicia mostraba su herbolario y colección de mariposas a un japonecito pequeño y demacrado.

El japonecito sostenía en las manos una cazuela y, sin quitar los ojos de los tesoros de Alicia, comía delicadamente kasha que paladeaba con deleite.

Al verme, el invitado hizo una reverencia y me dijo:

—Soy el profesor Kuraki, su eterno servidor. Ud. y su hija me han salvado la vida.

—Si papá, éste es mi fantasma —dijo Alicia—. ¿Ahora crees en ellos?

—Creo —contesté, a la vez que decía—: Mucho gusto en conocerle, señor profesor.

 

Los visitantes desaparecidos

Los preparativos para el recibimiento de los labucilianos transcurrían solemnemente. Todavía no se había dado el caso que el sistema solar fuera visitado por huéspedes provenientes de tan lejanas estrellas. Las primeras señales de los labucilianos las recibió la estación de Plutón y, pasados tres días, el radioobservatorio de Londel logró establecer comunicación con ellos.

Los labucilianos aún se encontraban lejos, pero en el cosmódromo Sheremétievo—4 ya se había e puesto punto final a los preparativos de su recepción. Las muchachas de la fábrica «Rosa Roja» lo habían adornado con guirnaldas de flores y los alumnos de los Cursos Superiores de Poesía, ponían punto final a la puesta en escena de un espectáculo literario y musical.

El mundo entero se daba cita en Sheremétievo, ahora cosmódromo y en tiempos lejanos aeropuerto de Moscú, los embajadores de todos los países de la Tierra presurosamente reservaban asientos en las tribunas, en tanto que los corresponsales pernoctaban en las salas de buffets del multicitado y admirado cosmódromo.

La casa de campo donde Alicia vivía se encontraba por Vnúkovo, no lejos del cosmódromo. Le había dado por hacer colecciones de hierbas y, siendo una niña tan tenaz como audaz, se le había metido entre ceja y ceja llegar a tener un herbario más completo que el de Vania Shpits quién, cursando años superiores, no dejaba de llevarle una ventaja considerable.

Es el caso pues, que Alicia llevada de su obsesión botánica se encontraba ajena a los muy solemnes preparativos de la recepción.

Por mi parte, yo su padre, no tenía participación directa en la recepción. El trabajo que se me había encomendado se iniciaría con posterioridad al aterrizaje de los labucilianos.

El curso que en aquellos días tomaban los acontecimientos, febriles y vertiginosos, era el siguiente:

El ocho de marzo informaron los labucilianos que salían de una órbita circular. Casi justo en este instante se presentó una trágica casualidad. La Tierra en lugar de establecer contacto con la cosmonave de los labucilianos, lo hizo con el satélite sueco «Nobel—29», desaparecido hacía dos años. El error no tardó en ponerse de manifiesto, pero ya era irremediable, la cosmonave de los labucilianos había desaparecido sin dejar huella, toda comunicación con ella había quedado rota.

El nueve de marzo, a las 6:33 A.M., los labucilianos consiguieron restablecer las comunicaciones y dieron a conocer el punto de su descenso: 55°20' del paralelo norte y 37°40' del meridiano este del sistema terrestre de coordenadas, con un error posible de 15', o lo que es lo mismo, no lejos de Moscú.

Un ratito después se cortó nuevamente la comunicación, no siendo posible ya volver a entablarla, con la sola excepción de una ocasión de la que me permitiré hablar cuando venga al caso. Al parecer se daba la maligna circunstancia de que la radiación terrestre ejercía una influencia destructiva sobre los aparatos e instrumentos de los labucilianos.

En tanto los labucilianos eran víctimas de tales contratiempos, cientos de máquinas y miles de te personas se volcaban, materialmente hablando, al es lugar del descenso de nuestros visitantes. Los caminos se encontraban invadidos por una masa humana interesada en encontrarlos.

Inútil es decir que en el cosmódromo Sheremétievo—4 no quedó ni un alma. Las salas de buffet habían quedado desiertas de corresponsales. En tanto, el cielo de Moscú se veía obscurecido por al densas nubes de helicópteros, helicoaviones, ornitópteros, aviones torbellenos y demás fauna mecánica, electrónica y fotónica de vehículos de vuelo. Las mangas de langosta de la antigüedad eran una mota en comparación con esta masa voladora.

Tan gigantesco despliegue de observación y exploración aérea hubiera dado con los labucilianos, aunque a éstos se los hubiera tragado la tierra. Sin embargo, el caso es que no se les encontraba.

Además, lo que agravaba mayormente la situación, ninguno de los vecinos de lugar había sido testigo del descenso de la cosmonave. Cosa tanto más extraña, cuanto que a aquellas horas casi todos los habitantes de Moscú y de sus afueras se encontraban escudriñando el firmamento.

Todo esto era signo y señal de que se había incurrido en un error.

Al caer la tarde, la hora en que regresaba del trabajo, grande fue mi sorpresa al encontrar trastornado y alterado el curso habitual de la vida del planeta, tanto era el temor que embargaba a nuestro pueblo de que algo les hubiera ocurrido a los visitantes. Por dondequiera el suceso era motivo de discusiones. Se oía decir:

—«¿Puede ser que los labucilianos estén constituidos de antimateria, por lo que al entrar en la atmósfera terrestre es factible que se hayan evaporado?».

—«¿Pero cómo? —interrogaba otro—. ¿Sin .que se dejara ver una sola chispa, así nada más, sin dejar huella? —y se respondía a sí mismo—: ¡Tonterías! ».

Otro fulano argumentaba:

—«Pero ¿qué es lo que nosotros sabemos de las propiedades de la antimateria?».

Un zutano más disputaba:

—«Entonces ¿quién diablos dio la noticia del descenso?».

Algunas voces le contestaron:

—«Tal vez un bromista».

Alguien dijo con tono de reproche:

—«¡Vaya con el bromista, mírenlo nada más! ¿No será que hasta con Plutón haya conversado?».

Algunos apuntaban:

—«¿No será que los labucilianos son invisibles?».

Otros más hacían notar:

—«Bueno, pero de todos modos ya era hora de que los instrumentos los captaran...»

Tal era la tónica que la desconocida suerte de los huéspedes imprimía a las conversaciones y a los comentarios. Sea como fuere, el caso es que las versiones relativas a la invisibilidad de los visitantes ganaban más y más adeptos...

A todo esto yo ya me encontraba sentado en la terraza, pensando para mis adentros: ¿No será que aterrizaron cerca, quizá en el campo vecino? Y que ahora los pobrecitos se encuentren pegados a los costados de su cosmonave, temerosos y asombrados por qué la gente no repara en ellos. No es nada difícil que se hayan ofendido y emprendido el vuelo... Ya me había decidido a bajar y encaminarme al campo antes citado, cuando vi un tropel de gente que salía del. bosque. Eran los habitantes de las casas vecinas. Se tomaban de las manos tal como si jugasen a la «víbora de la mar».

Al instante comprendí que mis vecinos me habían adivinado el pensamiento y se habían dado a la búsqueda de los visitantes invisibles.

Justo en este instante se escuchó una transmisión de todas las radioemisoras en cadena del mundo. Se hacía saber que un radioaficionado del norte de Australia había grabado un mensaje de los labucilianos. En éste se repetían las coordenadas de su posición y, a continuación, aparecían las palabras siguientes:

—«Nos encontramos en un bosque. Hemos enviado un grupo de exploradores en búsqueda de seres terrenos. Seguimos recibiendo sus señales. Nos sorprende la ausencia de comunicación...».

En este punto se cortó la transmisión.

El suceso en cuestión acarreó de inmediato varios millones de nuevos partidarios a la idea de que nuestros visitantes eran invisibles.

Desde la terraza divisé cómo la ronda de vecinos hacía un alto y a continuación se internaba de nuevo en el bosque. En este mismo momento se me apareció Alicia en la terraza, llevando una cesta de fresas en las manos.

—¿Qué le pasa a esa gente? —preguntó, sin saludarme.

Le respondí:

—¿Cómo que qué pasa con esa gente?, antes ha de decirse «Buenas tardes», tanto más si uno no ha visto a su único papito en todo el día.

—Bueno —me contestó Alicia—, cuando te fuiste por la tarde yo ya dormía. Pero ahora te las doy papá: Buenas tardes. Dime papá, ¿qué fue lo que pasó?

—Alicia, ¿es que acaso no sabes que los labucilianos se perdieron?

—Papá, no tengo el gusto de conocerlos.

—Pero, Alicia, nadie los conoce.

—Papito en realidad no te entiendo. Algo que uno no conoce no se puede perder.

—No enredes Alicia. Volaban a la Tierra. El caso es que aterrizaron y se perdieron.

En este punto de nuestra conversación me percaté que la lógica de Alicia era impecable, no era extraño que lo que yo decía le sonara a tontería y, sin embargo, era la verdad pura y llana.

Alicia me dirigió una mirada de desconfianza:

—¿Será posible que tales cosas sucedan?

—No, no siempre sucede así. Por lo general es casi inconcebible.

Alicia insistió:

—¿Entonces no encontraron el cosmódromo?

Me aventuré a contestarle:

—De cierto es lo que ha de haber pasado.

—Bueno, ¿en qué lugar crees que se hayan perdido?

—En alguna parte de las afueras de Moscú. A lo mejor no lejos de aquí.

—¿Así que los buscan en helicópteros y a pie?

—Sí.

—Además, ¿qué tanto esperan los labucilianos, ¿porqué no se presentan por sí mismos?

—Es muy posible que aguarden a que los seres terrenos vayan a su encuentro. No has de olvidar que es por vez primera que visitan la Tierra, cosa que tal vez los cohíba de abandonar su nave.

Alicia calló, al parecer mi respuesta la había satisfecho. En seguida dio dos vueltas por la terraza, sin apartarse un punto de su canastita de fresas. Luego me preguntó:

—¿Están en el campo o en el bosque?

—En el bosque.

—¿Y cómo es que lo sabes?

—Así lo comunicaron por radio los propios labucilianos.

—¡Qué bien que así sea!

—Cómo, cómo... ¿Qué quieres decir con que está bien?

—Quiero decir que está muy bien que se encuentren en el bosque.

—¿Por qué dices eso?

—Por nada, es que me asusté, se me figuró haberlos visto.

—¿Cómo es eso?

—Nada, nada... Yo bromeaba...

Pegué un salto de la silla al tiempo que le decía:

—Alicia, grandísima embustera...

—En verdad que no he ido al bosque, papá. Te doy mi palabra de honor que no he ido. Sólo estuve en el prado. O lo que es lo mismo, no pudieron haber sido ellos a quienes vi.

—Alicia, a ver si sueltas la lengua y me dices todo lo que sabes, pero —le advertí—no te atrevas a añadir nada de tu cosecha. Dime, ¿en verdad viste a algún extraño en el bosque?

—Te he dado mi palabra de honor, papá. No he estado en el bosque.

—Bueno, quiero decir en el prado.

—Papá, no he hecho nada malo. Además, de ellos no se puede decir que sean algo extraños.

—Mira, Alicia, no te andes con rodeos, contéstame sin evasivas, ¿a quién viste y en dónde? ¡Te ruego que no me atormentes a mí y a toda la humanidad en mi persona!

—¿De manera que tú, mi papacito, eres toda la humanidad?

—Escucha, Alicia...

—Bueno, bueno... Aquí los tienes. Vinieron conmigo.

Instintivamente miré a todos lados. Pero, sin contar un abejorro refunfuñón, la terraza se encontraba desierta. Fuera de Alicia y yo no había .persona o ser alguno.

—Vamos, vamos, papá. No miras a donde se debe —suspiró Alicia decepcionada, al tiempo que se me aproximaba diciendo—: Mi propósito era guardarlos para mí. Desconocía que la humanidad entera los buscara.

 

 

Llevó el cesto de fresas hasta mis propias narices y fue cuando, sin poder dar crédito a mis ojos, contemplé dos figurillas embutidas en unas escafandras, bañadas de pies a cabeza en zumo de fresas. Se encontraban muy tranquilos, sentados, montando una fresa.

—No les he hecho daño —me dijo Alicia con una voz que me pareció de culpa—. Yo creía que eran como los gnomos de los cuentos.

A esto yo ya no la escuchaba. A la vez que con suma delicadeza oprimía yo la canastilla contra mi pecho, me precipité al videófono para anunciar la nueva al mundo.

Claro que la hierba ha de haberles parecido un bosque espeso. Tal fue la forma como tuvo efecto el primer encuentro con los labucilianos.

 

 

Una persona en el pasado

Teníamos en la puerta un acontecimiento de la mayor importancia, el funcionamiento de una máquina del tiempo se iba a verificar en la pequeña sala de la Sociedad de Ciencias. Antes de presentarme como testigo de la prueba, pensé en recoger a Alicia en el jardín de niños y llevarla a casa, pero enseguida caí en la cuenta que de hacerlo así llegaría tarde al experimento. Por lo tanto, conociendo a Alicia, le pedí que me diese su palabra de honor de que no iba a hacer de las suyas, es decir, que observaría buen comportamiento y excelente conducta. Un representante del Instituto del Tiempo, una persona alta y calva, se encontraba de pie ante la máquina del tiempo. Inició la explicación de su construcción y funcionamiento a una audiencia compuesta de científicos que lo escuchaban con la mayor atención. Sus palabras, eran las siguientes:

—El primer experimento como es del conocimiento de todos ustedes fue un fracaso. El gatito que enviamos llegó al principio del siglo XX y explotó cayendo en la zona del río Tunguska. Este suceso imprevisto dio origen a la leyenda, del meteorito de Tunguska. Desde ese entonces no hemos padecido fracasos de consideración. Tanto es así que hoy en día podemos enviar, si bien solamente a los años setenta del siglo XX, personas u objetos. La razón de lo anterior obedece a ciertas leyes, que ahora no viene al caso mencionar; pero que el público interesado puede conocer a través del folleto editado por nuestro Instituto. Es necesario subrayar que un cierto número de nuestros colaboradores han estado en la época que antes he mencionado —acontecimiento que no era público porque sus viajes se habían rodeado del más absoluto secreto—y que han regresado felizmente a nuestra época. El procedimiento que seguimos para transportarnos en el tiempo en sí no es complicado, pese a representar el esfuerzo de muchos centenares de personas. Ahora paso a señalar —siguió diciendo—los detalles de su funcionamiento: Basta colocarse el cinturón cronocinético... Mm, veamos, me gustaría que alguien del público de la sala se ofreciese como voluntario, así yo podría demostrar en su persona la sucesión de instrucciones que ha de acatar un viajero del tiempo.

En la sala se hizo un silencio absoluto. Nadie se decidía a ser el primero en subir a escena. Súbitamente, atónito contemplé a Alicia en la escena, esa misma personita que no hacía más de cinco minutos me había jurado que iba aguardar compostura.

—¡Alicia! —grité fuera de mí—. ¡Vuelve acá inmediatamente!

—No existe motivo alguno de preocupación —manifestó el representante del Instituto—. Nada ha de pasarle a la niña.

—Nada malo ha de sucederme, papá —dijo alegremente Alicia.

La sala se rió al unísono, todos se volvieron procurando encontrar la mirada de tan severo padre. En tanto yo me hice el desentendido, para nada me di por aludido.

El representante del Instituto le colocó el cinturón a Alicia, ajustándole luego en las sienes un artefacto parecido a unos auriculares.

—Pues bien, eso es todo —dijo—. Ahora la persona ya se encuentra preparada para un viaje por el tiempo. Es necesario tan sólo que entre a esta cabina y se verá en el año de 1975.

Pero ¿cómo se le ha ocurrido decir tal cosa en presencia de Alicia? —el pánico se apoderó de mi cerebro—. Alicia ya se ha de haber dado cuenta de que se puede aprovechar la ocasión.

Pretendí volar al escenario, pero ya era demasiado tarde.

—¿A dónde vas niña? ¡Detente! —exclamó alarmado el representante del Instituto. Justo en ese instante Alicia entraba en la cabina y... desapareció ante los ojos de los presentes en la sala.

El público a una sola voz lanzó un grito.

El representante del Instituto, preso de una palidez mortal, agitaba los brazos como tratando de dominar el ruido. Al ver que yo acudía a su encuentro, se llevó el micrófono hasta los mismos labios para asegurarse de que sería oído:

—No le sucederá nada a la niña, dentro de tres minutos aparecerá de nuevo en esta sala.

¡Doy mi palabra de que el aparato es completamente seguro y de que se encuentra bien probado! ¡No se alarme!

No siendo él el papá podía discurrir con claridad; pero yo, un padre angustiado, pensaba aterrorizado en el triste destino del gatito transformado en el meteorito de Tunguska. Por instantes quería creer en lo que decía el conferencista, por momentos no le concedía crédito alguno.

Imagínese, si puede servir de consuelo saber que su hija se encuentra ahora a casi cien años en el pasado.

—Pero ¿y si se le ocurre salirse de la máquina? ¿Que tal si se extravía? ¿No podría yo acudir en su búsqueda? —le soltaba yo las preguntas aterrorizado.

—De ninguna manera. Con calma y un ganchito se arreglará todo. Solamente falta un minuto para que reaparezca... Sosiego, sosiego. En el pasado la recibirá una persona de toda nuestra confianza.

—¿Así que allá tienen a un colaborador del Instituto?

—No, no se trata de uno de nuestros colaboradores. Simplemente es una persona que tiene una compresión cabal de nuestro problema y que dispone de una segunda cabina en su domicilio. Esta persona vive en el lejano Siglo XX...

Aún no había terminado de pronunciar estas palabras cuando Alicia apareció en la cabina. Salió al escenario con el continente propio de una persona que ha cumplido su misión hasta el último de sus detalles. Bajo el brazo llevaba un libro antiguo bastante grueso.

—Lo han visto —dijo el representante del Instituto con aires de satisfacción y triunfo.

La sala calurosamente prorrumpió en aplausos.

Sin poder contener su ansiedad, no permitiéndome siquiera acercarme a Alicia, el representante requirió a Alicia:

—Niña cuéntanos lo que allá has visto.

Alicia respondió:

—Aquello es muy interesante. Zas, y me encontré en otra habitación. Un tío estaba sentado ante una mesa, al parecer escribiendo alguna cosa. Levantó la cabeza y me preguntó:

—«¿Acaso eres una niña del sigloXXI?».

Le respondí que sin duda alguna lo era; pero que no le podía decir la cifra de nuestro siglo porque aún no sé contar, pues apenas estoy en el jardín de niños y, además, en un grupo medio. El señor me dijo que le parecía muy bien, indicándome luego que yo tendría que regresar a mi tiempo. Antes de prepararme para el camino de retorno, me preguntó:

—«¿Quisieras ver cómo era Moscú cuando tus abuelos aún no habían nacido?».

Le manifesté que me gustaría mucho, así que luego me mostró una ciudad pequeña; pero bella y maravillosa. A continuación me dijo que era escritor y que se ocupaba en escribir cuentos fantásticos sobre el futuro.

Sin embargo, el caso es que no todo lo inventa, pues recibe a veces visitas de personas de nuestro tiempo que le relatan nuestros progresos y costumbres sin omitir punto ni coma. Pero que no se lo cuente a nadie de su tiempo —me pidió—, ya que esto se ha conservado en absoluto secreto. Luego me obsequió un libro... y ahora, pues ya estoy aquí.

 

 

La sala premió la narración de Alicia con una ovación cerrada.

Una vez que se hizo silencio en la sala, un muy respetable académico se levantó de su sitio y le dijo:

—Niña, en tus manos tienes un libro único se trata de la primera edición de la novela fantástica «Una mancha en Marte». ¿No podrías hacerme la señalada gracia de obsequiármelo? En realidad para ti carece de importancia, puesto que aún no has aprendido a leer.

—No —le respondió Alicia—, no tardaré mucho en aprender a leer y vaya si lo leeré muchas, pero miles de veces...

 

 

 

FIN

 

 

 

 

Edición digital de urijenny (odoniano@yahoo.com.ar)